Más de una década después de la desaparición de Mike Kelley (Detroit, 1954 – Los Ángeles, 2012), la Tate Modern de Londres dedica al artista estadounidense una retrospectiva titulada Ghost and Spirit: en curso hasta el 9 de marzo de 2025 y comisariada por Catherine Wood y Fiontán Moran. Contar a través de una exposición la vida, la carrera y el pensamiento de un intelectual tan complejo e inclasificable es un reto nada sencillo, y sin embargo sería una pena no hacerlo. Ya lo había intentado Pirelli HangarBicocca de Milán cuando en 2013 lo recordó con Eternity is a Long Time: una muestra de obras comisariada por Emi Fontana y Andrea Lissoni. Aunque su nombre suele asociarse a la crítica del consumismo y de la cultura pop, sería reduccionista encasillarlo en una simple dicotomía. Su trabajo escapa a las categorizaciones netas. Lo que hoy hace valioso su legado va también más allá de estos aspectos: su desafío radical a las convenciones artísticas y comerciales. Surge entonces una pregunta: ¿qué podemos aprender de Kelley para subvertir las «reglas de siempre» que aún dominan el sistema y el mercado del arte? Un posible punto de partida es la relación del artista con el trauma: una clave de lectura que podría iluminar nuevos caminos de resistencia y transformación. El trauma, en el fondo, ¿no es acaso una «ruptura»? Kelley aborda temas de alienación, vulnerabilidad y memoria, dando vida a instalaciones que siguen interpelándonos.
Podemos describir este enfoque como punk, pero ¿estamos seguros de que se sitúa en el extremo opuesto del espectro respecto al pop y la cultura popular? La relación entre vanguardia y pop sigue siendo una cuestión espinosa. Y sin embargo artistas como Mike Kelley siguen ofreciéndonos una esperanza: el arte no ha sido del todo «aplanado». ¿No es acaso la herramienta más poderosa que tenemos para formular preguntas?